Autor: Jiang RongChen Zhen es un joven estudiante chino, enviado a la pradera mongola como castigo por el comportamiento poco «revolucionario» de su familia, considerada conservadora por las autoridades. A lo largo de los últimos años, Chen Zhen ha vivido los rigores de la vida de un pastor nómada y ha aprendido cosas que la ciudad ni la universidad pueden enseñar. Poco a poco se siente atraído por la figura del lobo. Al principio le inspira un miedo aterrador, pero con el tiempo descubre que los pastores nómadas con quienes convive consideran al lobo un enviado del cielo, el llamado Tengger, al que todos aspiran a ascender una vez muertos. El lobo es un mecanismo de equilibrio que se encarga de cribar las poblaciones de gacelas y roedores que asolan los pastos de los que se nutre el ganado y las caballadas, pero, a cambio, el lobo ataca también a las ovejas y los caballos que los pastores cuidan con esmero, razón por la cual hombre y lobo se enfrentan a menudo en una lucha encarnizada. La astucia, la constancia y la fuerza son armas a las que ambos bandos recurren por igual, con resultados diversos como vemos a través de la narración. Se trata de escenas sobrecogedoras por la fuerza con que el autor nos las describe; comprendemos que el hombre se enfrenta al lobo en igualdad de condiciones, excepto cuando el progreso impone métodos menos «nobles» de lucha, métodos que atentan contra el respeto y las costumbres que siente el pastor nómada por su adversario el lobo.
Cada vez más fascinado, Chen Zhen acaba por decidirse a capturar un lobato. Su pretensión es la de observarlo y estudiarlo, convencido de que será posible convertirlo en animal de compañía o guardián. Pero el lobo es inflexible ya desde los primeros meses: hace lo necesario para sobrevivir, y nunca olvida que su verdadera naturaleza responde a la de un animal salvaje («Llorar es algo completamente ajeno al carácter del lobo.») Chen Zhen jamás pierde la esperanza de domesticar a Lobito, a pesar de que Papá Bilgee, un anciano mongol que ejerce de mentor para él, le advierte que lo que hace no sólo es un insulto para la pradera, sino para las gentes que la habitan.
Mientras tanto, el progreso asola la pradera. El pastoreo nómada se ve superado lentamente por la agricultura, implantada por el gobierno central chino. Con el tiempo empiezan a llegar obreros para construir puestos de mando y graneros, y el paisaje de la pradera se ve plagado de gentes que no conocen, ni respetan, la cultura y las costumbres milenarias de los pastores, gente dura que ha afrontado innumerables dificultades a lo largo de su vida, pero que carece de armas para rechazar esa nueva amenaza.







