lunes, 16 de mayo de 2011

La Torre Oscura II: La llegada de los tres

Autor: Stephen King
El pistolero se despertó de un sueño confuso que parecía consistir en una sola imagen: la del marinero de la baraja de Tarot con la que el hombre de negro había adivinado (o había fingido adivinar) su futuro. "Se ahoga, pistolero - decía el hombre de negro. Y nadie le echa un cabo. El niño. Jake." Pero no era una pesadilla. Era un buen sueño. Era bueno porque quien se ahogaba era él mismo, y por lo tanto no era Rolando sino Jake, lo cual representaba un alivio. Era mejor ahogarse como Jake que vivir como Rolando, un hombre que - por un frío sueño - había traicionado la confianza de un niño. "Bien, de acuerdo, me ahogaré - pensó mientras oía el fragor del mar. Me ahogaré." Pero no sonaba a mar abierto, sino al crujir del agua entre guijarros. ¿Era él el marinero? Y si lo era, ¿por qué estaba tan cerca de la tierra? Y, en realidad, ¿no estaba en la tierra misma? El agua helada invadió las botas y le subió por las piernas hasta el vientre. En ese momento, abrió los ojos. Lo que le había sacado del sueño no era el frío en las pelotas, que ahora sentía como si se hubieran reducido al tamaño de dos nueces, ni siquiera la monstruosidad que había a su derecha, sino el pensar en los revólveres. Y, todavía más importante, en las balas. Era fácil desmontar, secar y engrasar un revólver mojado; en cuanto a las balas, como las cerillas, nadie sabía si una vez mojadas podían volver a utilizarse. La monstruosidad que se arrastraba cerca de él debía de haber sido llevada hasta allí por alguna ola. Empujaba con dificultad su cuerpo empapado y brillante sobre la arena. Mediría cincuenta centímetros, y estaba a una decena de metros de distancia. Miró a Rolando con ojos gelatinosos de grandes órbitas. Su pico largo y cerrado se abrió y brotó de él un sonido que tenía un alucinante parecido con la voz humana: claras y casi desesperadas preguntas en una lengua extraña. "¿Pica chica? ¿Duma chuma? ¿Dada cham? ¿Deda chek?" El pistolero sabía cómo eran las langostas. Aquello no lo era, aunque la langosta fuera la única criatura que pudiera parecérsele vagamente. No parecía temerle. El pistolero no sabía si era peligrosa. No le preocupaba su propia confusión mental, su incapacidad para recordar dónde estaba y cómo había llegado hasta allí, si había atrapado de verdad al hombre de negro o si todo había sido un sueño. Sólo sabía que debía apartarse del agua antes de que se mojaran las balas.

La Torre Oscura I: El Pistolero

Autor: Stephen King
El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él. El desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos, y se extendía bajo el firmamento en todas direcciones en una distancia de tal vez varios parsecs. Blanco, cegador, reseco, desprovisto de cualquier rasgo distintivo salvo por la tenue silueta brumosa de las montañas recortadas en el horizonte y por la hierba del diablo, que producía dulces sueños, pesadillas y muerte. Alguna que otra lápida señalaba el camino, pues el borroso sendero que serpenteaba sobre la gruesa corteza alcalina otrora había sido una pista recorrida por diligencias. Desde entonces, el mundo había avanzado. El mundo se había vaciado. El pistolero caminaba impasible, sin apresurarse ni entretenerse. De su cintura pendía un odre de cuero casi lleno de agua, como una salchicha inflada. En el transcurso de muchos años había ido avanzando en el khef hasta alcanzar el quinto nivel. De haber llegado al séptimo o al octavo no tendría sed; habría podido observar la deshidratación de su cuerpo con un desapegado interés clínico, enviando el agua a sus resquicios y oscuros huecos internos sólo cuando su lógica se lo indicara. No estaba en el séptimo ni en el octavo nivel. Estaba en el quinto. Por lo tanto, tenía sed aunque no sintiera ningún anhelo especial de beber. De una manera vaga, todo aquello lo complacía. Era romántico. Por debajo del odre de agua se hallaban las pistolas, cuyo peso se adaptaba a su mano con toda precisión. Las dos correas se cruzaban sobre su bajo vientre. Las fundas estaban tan bien engrasadas que ni siquiera aquel sol de justicia podría agrietarlas. Las culatas de los revólveres eran de sándalo, amarillas y de finísima textura. Las fundas iban sujetas a los muslos mediante cordones de cuero sin curtir, y oscilaban pesadamente contra las caderas. Las vainas de latón de los cartuchos embutidos en las cananas centelleaban y emitían destellos como un heliógrafo bajo el sol. El cuero crujía levemente. Las pistolas, en cambio, no producían el menor ruido. Habían vertido sangre. En la esterilidad del desierto sobraban los ruidos. Su ropa era incolora como la lluvia o el polvo. Llevaba una camisa de cuello abierto, con una tirilla de cuero enlazada con holgura en los ojales perforados a mano. Los pantalones eran de tela basta y las costuras estaban desgastadas.

1Q84

Autor: Haruki Murakami
En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.